Nadie te dijo nada duro y tu día iba bien. Entonces revisaste el teléfono durante quince minutos y, cuando lo dejaste, algo en tu ánimo había cambiado.
Mirar el teléfono se ha convertido en una forma de llenar cualquier espacio libre: mientras esperas el café, durante un trayecto o en los minutos antes de dormir. Parece inofensivo porque no exige demasiado. Entras «solo un momento» y, cuando te das cuenta, han pasado veinte minutos y apenas recuerdas qué viste.
Sin embargo, lo que aparece en la pantalla no siempre pasa de largo. Una imagen puede despertar comparación, una noticia puede dejarte preocupado y un comentario puede hacerte sentir incómodo. A veces no identificas de inmediato qué te afectó, pero notas que tu estado de ánimo ya no es el mismo.
No se trata de pensar que las redes sociales son malas ni de atribuirles todo lo que sientes. Se trata de reconocer que también forman parte de tu entorno emocional y que vale la pena prestar atención a la manera en que las utilizas.
A lo que comemos y a cómo dormimos solemos prestarles atención porque sabemos que influyen en nuestro bienestar. Con las pantallas no siempre ocurre lo mismo, aunque ocupen una parte importante del día. Muchas veces las usamos en automático, sin preguntarnos cómo nos dejan.
Tu mente compara, aunque no se lo pidas.
El feed suele mostrar momentos seleccionados: los mejores ángulos, los días especiales, los logros y las noticias que alguien decidió compartir. No vemos la vida completa de los demás, sino fragmentos que, por lo general, han pasado por algún tipo de selección.
Aun así, podemos terminar comparando esos fragmentos con nuestra vida cotidiana, con sus responsabilidades, sus días difíciles y todo aquello que no solemos mostrar. Y en esa comparación es fácil sentir que los demás avanzan más, disfrutan más o tienen algo que a nosotros nos falta.
Piensa en la última vez que alguien cercano publicó un logro: un viaje, un ascenso, una casa nueva o una celebración especial. Quizá te alegraste por esa persona y, al mismo tiempo, te preguntaste cómo iba tu propia vida. Puedes sentir ambas cosas sin que eso te convierta en alguien envidioso o desagradecido. A veces, lo que aparece no es rechazo hacia el otro, sino una inquietud sobre lo que tú deseas o sientes que todavía no has conseguido.
La dificultad aparece cuando esa comparación se repite y empiezas a mirar tu vida desde lo que parece faltar. Entonces puede surgir una insatisfacción difícil de explicar: no ha ocurrido nada especialmente malo, pero lo que antes te parecía suficiente empieza a sentirse pequeño.
Cuando notes algo así, vale la pena preguntarte si estás valorando tu vida desde tus propios deseos y circunstancias o si, sin darte cuenta, estás utilizando la vida que ves en la pantalla como medida de la tuya.
El clima emocional también influye.
En las redes encontramos noticias urgentes, discusiones, historias tristes, opiniones contundentes y consejos que, en ocasiones, nos hacen sentir que estamos haciendo todo mal. También encontramos humor, compañía, aprendizaje e inspiración. La experiencia depende, en parte, de los contenidos que vemos, de la frecuencia con que los consumimos y del momento en que lo hacemos.
Piensa en lo primero que haces al despertar. Si tomas el teléfono antes de levantarte, es posible que tus primeros minutos estén ocupados por preocupaciones ajenas, noticias inquietantes o comparaciones que ni siquiera buscabas. Eso no significa que tu día esté condenado a ir mal, pero sí puede influir en cómo empiezas a sentirte.
Algo parecido ocurre cuando pasas un rato viendo contenido alarmista y después notas que estás más preocupado, o cuando observas muchas publicaciones sobre vidas aparentemente perfectas y terminas sintiendo que la tuya es demasiado corriente.
Incluso el contenido que busca inspirarte puede generar presión. Las rutinas impecables, los retos de superación, las casas siempre ordenadas o los cuerpos que se ajustan a ciertos ideales pueden despertar admiración, pero también hacerte sentir que deberías estar haciendo más.
La pregunta no es si un contenido es positivo o negativo para todo el mundo. Es qué efecto tiene en ti. Algo que a otra persona le resulta motivador puede dejarte agotado o hacerte sentir insuficiente en un momento determinado.
Cuando la atención se dispersa.
Las redes ofrecen una sucesión constante de estímulos: deslizas el dedo y aparece algo nuevo, inesperado o entretenido. Cuando alternas con frecuencia entre videos, mensajes y publicaciones, puede costarte más mantener la atención en una sola actividad, especialmente si te acostumbras a consultar el teléfono cada vez que aparece un momento de espera o aburrimiento.
Poco a poco, algunos espacios cotidianos empiezan a llenarse de pantalla. La espera en una fila, la sobremesa o los minutos antes de dormir dejan de ser momentos para descansar, observar o simplemente estar sin hacer nada.
Quizá lo notas en detalles pequeños: empiezas una película y terminas mirando mensajes, comes mientras revisas publicaciones o estás conversando con alguien y descubres que has dejado de escuchar. No siempre te das cuenta en el momento, pero al final del día puedes sentir que has estado ocupado durante horas sin haber estado del todo presente.
La atención necesita oportunidades para detenerse y volver a lo que estás haciendo. Por eso, recuperar algunos momentos sin estímulos constantes puede ayudarte a disfrutar más de una conversación, concentrarte en una tarea o reconocer cómo te sientes.
No se trata de culparte cada vez que miras el teléfono. Se trata de observar si su uso está ocupando espacios que antes dedicabas al descanso, a tus relaciones o a actividades que disfrutas.
Qué puedes hacer sin renunciar al mundo digital.
No necesitas desaparecer de internet para cuidar tu bienestar. Puedes empezar con pequeños cambios que te permitan usar las redes de una manera más consciente, sin convertirlos en otra obligación que debas cumplir a la perfección.
Empieza por observar cómo te sientes. Antes de abrir una aplicación, haz una pausa breve y pregúntate cómo está tu ánimo. Cuando termines, vuelve a preguntártelo. No necesitas cambiar nada de inmediato; basta con empezar a reconocer si hay alguna diferencia y qué tipo de contenido estabas viendo.
Recupera algunos momentos sin pantalla. Elige uno o dos espacios del día para dejar el teléfono a un lado. Puede ser mientras comes, durante una conversación o en los minutos previos a dormir. No tienen que ser periodos largos. Lo importante es que puedas estar en ese momento sin sentir que necesitas consultar algo constantemente.
Revisa las cuentas que sigues. Observa qué contenido te aporta información, disfrute o inspiración y cuál suele dejarte comparándote, preocupado o incómodo. Puedes silenciar o dejar de seguir algunas cuentas si sientes que ya no te hacen bien. No necesitas justificar esa decisión ni esperar a que el malestar sea intenso.
Haz una pausa cuando la necesites. Si notas que llevas mucho tiempo desplazándote por la pantalla sin saber muy bien qué buscas, detente un momento. Respira, estírate, mira a tu alrededor o vuelve a la actividad que estabas haciendo. No es necesario convertir cada pausa en un ejercicio formal; a veces basta con interrumpir el automático y elegir qué quieres hacer después.
Con el tiempo, estas pequeñas observaciones pueden ayudarte a reconocer qué uso de las redes encaja mejor con tus necesidades y qué límites te permiten sentirte más presente en tu vida cotidiana.
Cuidar tu bienestar también incluye lo que ves.
Tu estado de ánimo está relacionado con muchos aspectos de tu vida: el descanso, las relaciones, las preocupaciones, las experiencias cotidianas y también aquello a lo que prestas atención durante el día. Las redes no explican por sí solas cómo te sientes, pero pueden formar parte de ese conjunto.
Por eso, cuidar tu relación con la pantalla no significa rechazar la tecnología ni desconectarte de todo. Significa darte la oportunidad de elegir con más intención qué consumes, cuándo lo haces y cuánto espacio quieres que ocupe en tu día.
Si quieres empezar con una pausa breve, puedes descargar Emoce y explorar la sección Pausa Consciente, donde encontrarás ejercicios guiados para dirigir tu atención a la respiración, al cuerpo o al momento presente. Puede ser una manera sencilla de interrumpir por unos minutos el ritmo de las pantallas y volver a conectar contigo.
No necesitas cambiar todos tus hábitos de un día para otro. A veces, empezar por notar cómo te sientes después de mirar la pantalla ya te da información valiosa para decidir qué quieres hacer diferente.
Marcela Gómez Arboleda
Psicóloga Clínica
"Donde el bienestar emocional encuentra su lugar."